jueves, 28 de enero de 2010

Capítulo I: Deja que te toque...

Gerard.

El primer puñetazo no lo vi venir. Solo sentí como se estrellaba contra mi nariz, y el dolor me hizo caer al suelo. Cometí el error de mirar hacia arriba, para ver como Matt Heward, el matón del instituto, aquel armario rubio de metro noventa al que parecía molestarle mi simple existencia, me escupía. Después, él y sus dos compañeros comenzaron a propinarme patadas. En el estómago, en la cara, por todo el cuerpo. Llegó un momento en el que dejé de sentirlas. Solo percibía un dolor, un intenso dolor por todo el cuerpo. Quise llorar, pero no lo haría. No les daría esa satisfacción.
- Espero que hayas aprendido ya quien manda aquí – Dijo Matt, socarronamente.
- Tu no, cabrón. – Conseguí murmurar, a duras penas. Ni siquiera sabía de donde había sacado el valor para contestar así, y el simple hecho de hablar, dolía.
Una vez más no me percaté de cómo sucedió. Sentí como me cogían por los hombros y me introducían en la taquilla más cercana. “No…otra vez…no” pensé. Ni siquiera yo, que no tenía una estatura admirable, cabía completamente en una de nuestras diminutas taquillas. Como consecuencia, parte de mis piernas y mis pies quedaban fuera, y así estaban, cuando mi pesadilla particular cerró la puerta metálica de un golpe.
- Ahí te quedas, amigo mío. – Estas dos últimas palabras iban cargadas de sarcasmo.
Yo ya no era apenas consciente de lo que sucedía a mi alrededor. Creí oír un par de pasos acercándose por el pasillo. Gritos, voces. No era capaz de percibirlo con claridad. El dolor recorría desde mi pierna derecha hasta la espalda. Era insoportable, y lo peor era que no parecía incapaz de moverme. Recé por no haberme roto nada. Aunque lo cierto era que la buena suerte no solía acompañarme, por mucho que lo necesitara. Con todas mis fuerzas me impulsé hacia delante. Tenía que salir de allí. Caí, y cuando mi pierna tocó el suelo, el agudo dolor me hizo perder el conocimiento.
- ¿Gerard? ¿Gerard? - Oí que susurraba una voz familiar. No fui capaz de responder.
- ¡Gerard! – Exclamó la voz, esta vez en un tono más elevado. A duras penas logré abrir los ojos, para vislumbrar un joven escuálido, con el largo flequillo cubriéndole uno de los ojos.
- F…Fr...¿Frank?
- ¡Ya era hora, tío! ¿Cómo te encuentras? ¿Puedes incorporarte?
- Yo...Yo estoy…-traté de levantarme. No creía tener un solo músculo en el cuerpo que no me doliera, pero puse mi mejor cara de “Que fantásticamente me encuentro” y contesté – Estoy bien. ¿Cómo he llegado aquí?
Me paré a observar a donde me encontraba. Era un lugar que no reconocía, con una decoración sencilla, paredes blancas y muebles de madera clara. Sin embargo había algo en él que me resultaba extrañamente familiar.
- ¿Ya no te acuerdas de mi piso, Gerard? – era cierto. Años atrás, Frank había vivido en ese pequeño apartamento con sus padres. Cuando se trasladaron a una casa más grande, Frank se opuso completamente a que vendieran aquel piso, en el que había crecido. Así que, de vez en cuando, lo habían usado para tocar la guitarra e incluso dar alguna que otra fiesta.
- Si…tienes razón. Lo siento…no me encuentro del todo bien.
- No hace falta que lo jures – sonrió – Tienes una pinta terrible. A ver, deja que te toque…
Frank comenzó a palpar las zonas de mi cuerpo donde Matt me había pegado. Yo me limitaba a soltar algún que otro quejido casi inaudible y a poner mala cara. Cuando puso una mano en mi pierna, no pude evitar aullar de dolor.
- Esto tiene un aspecto horrible – musitó. – Te llevaré al hospital…
Me limité a asentir. No tenía fuerzas para oponerme. A duras penas, apoyándome en él y medio arrastrándome, conseguí subir al coche.
- Frank…Pero…tú no sabes conducir – titubeé.
- Sabes de sobra que puedo defenderme. No, no tengo carnet, si es a lo que te refieres, pero…- miró al infinito – Bueno, que le vamos a hacer.
El coche empezó a moverse y en lo que a mí me parecieron siglos llegamos al hospital. El personal nos miraba con cara extraña; Un chico delgaducho, pálido, que parecía tener siempre ojeras y cara de no dormir en absoluto, junto a un joven de aspecto enfermizo con la pierna rota, calculé, por tres sitios distintos. Por suerte nos atendieron rápidamente. Efectivamente, mi pierna estaba rota, y tenía cientos de magulladuras por todo el cuerpo. Si había una ventaja en el pequeño hospital de Belleville, era que parecía haber una norma no escrita; Si tú no molestabas, ellos no hacían preguntas. Así, acabé el reconocimiento médico sin tener que enfrentarme a ningún tipo de interrogatorio incómodo. El resultado; Una pierna escayolada y dos semanas, como mínimo, de reposo encerrado en casa. “La suerte me sonríe”, pensé amargamente.
Frank esperaba fuera de la consulta con preocupación. Cuando salí, emitió un silbido de admiración.
- Eh, casi tienes peor pinta ahora que cuando entraste…Ven, te llevo a casa.
Una vez dentro del coche, ya tenía la mente más despejada, así que le acribillé a preguntas.
- ¿Qué ha pasado? ¿Cómo he acabado en tu casa? ¿Qué ha sido de Matt y… los otros dos?
- Eh, para el carro. Bueno, verás, te estaban zurrando, y aparecimos Bob y yo y les dijimos que o te dejaban en paz o les cerrábamos la boca a puñetazos. La verdad es que solo con mirarme, no doy demasiado miedo… -suspiró – pero parece que Bob sí les asustó, y se fueron. Tu te habías desmayado y te traje a mi casa. Bob tuvo que irse, pero sepas que sin él a lo mejor aún te estaban usando de saco de boxeo…
- Vaya…yo…no sé como agradecéroslo.
- No hace falta que lo hagas de momento. Ya encontraré forma de que me devuelvas el favor. Bueno, hemos llegado. No hay nadie en tu casa, ¿no? En la mía…ya sabes que nunca hay nadie, así que puedo quedarme a dormir si quieres.
- No, Frank, no hace falta. En serio, estoy bien…- contesté, mientras abría la puerta, a tientas. Ya había oscurecido y apenas podía ver nada.
- Oh, entonces perfecto. Espero que tengas una cama libre…
- Pero si… - comencé a replicar. Bueno, no importaba. De todas formas no iba a conseguir persuadirle, así que me limité a asentir. – Claro que sí. En el piso de arriba, ya sabes.
Frank sonreía, mientras subía las escaleras en dirección a mi habitación.

Yuutsu.

0 comentarios: